La imagen de La Mercè 2011, obra de la artista e ilustradora Catalina Estrada, contiene la más pura esencia barcelonesa y, al mismo tiempo, está impregnado del color, la luz y la vida propias de América del Sur. Y es que si una obra de arte está inevitablemente marcada por la personalidad de su autor, el cartel de La Mercè de este año y sus diversas aplicaciones rezuman el alma y las vivencias de su autora.
Nacida en Colombia, lleva viviendo y trabajando en Barcelona desde 1999. Y esta ciudad ha sido para ella la pista de lanzamiento de una carrera espectacular en el mundo del arte y el diseño que la ha llevado a trabajar para las marcas multinacionales más prestigiosas, pero también a crear carteles para organismos internacionales como Unicef. Su obra bebe de lo que han visto sus ojos. Es por eso por lo que sus creaciones están llenas de elementos florales y de animales que nos recuerdan el universo iconográfico sudamericano, un mundo de imágenes que ella ha sabido ligar perfectamente con la tradición barcelonesa, con elementos como el fuego y el bestiario festivo de la ciudad, que la fascinan. Todavía recuerda con deleite el día en que dragones y bestias de fuego pasaron por delante de su casa y, estando en el balcón, pudo ver, por primera vez, la imagen de la fiesta.
Ella, que ya había diseñado en el 2008 el pañuelo de La Mercè, quedó encantada ante la posibilidad de crear el símbolo visual de la fiesta de este año. Así, se lanzó a repasar la historia de los carteles de La Mercè y escogió, entre los menos repetidos, el color y los iconos de la fiesta que aparecerían en su cartel. Después, vinieron las diversas aplicaciones de la imagen básica y, con ellas, las cúpulas de San Petersburgo y las figuras humanas que, subidas en un trapecio o corriendo por las calles de la ciudad, remiten a las mil y una caras de una fiesta llena de circo, de deportes, de dragones, de fuegos artificiales o de aquella música que a ella tanto la fascina.
Busca a Catalina en un concierto o en algún rincón de la vieja Barcelona, en un espacio donde no lleguen los coches y a donde se pueda llegar a pie o en bicicleta, porque ella valora especialmente el estilo de vida relajado de una ciudad grande pero a la medida del tamaño de las personas. Ella llegó a Barcelona procedente de París. Se quería quedar unas semanas y ya lleva aquí más de doce años, doce años felices durante los cuales ha quedado atrapada por una ciudad con una fuerza magnética especial para atraer a los mejores talentos.