El maestro Tomás Bretón, tras el éxito
de Los amantes de Teruel, dedicó al Liceo su ópera Garín, con sardana incluida, que
consiguió otro éxito espectacular. El maestro recibió numerosos homenajes. En una
ocasión, los socios del Círculo del Liceo le regalaron una caja de habanos. El maestro,
muy conmovido, la abrió y vio que contenía veintisiete billetes de quinientas pesetas.
En ese momento, uno de los presentes, con modestia y para restarle importancia al
obsequio, dijo: "Son para comprar cerillas para encender los cigarros".
Durante los primeros años del teatro, el maestro francés Baudouin no
hablaba otro idioma que el suyo y, por tanto, no podía establecer una comunicación
suficientemente fluida con los músicos. Un día llamó la atención con brusquedad a un
violinista: "Voyons, dijo, plus vite!" El músico, que desconocía el francés,
respondió enojado: "¡Eso lo será usted!"
En una representación, el maestro Joan Goula y un bajo fueron
protagonistas de una especie de churro musical y pensaron que nadie se daría cuenta.
Incluso el bajo se permitió el lujo de cambiar la letra de la obra y cantar eso de:
"Goula, Goula, los hemos engañado". Pero cuál fue su sorpresa cuando una voz
desde las alturas respondió: "A mí no".
Los primeros años de la gran devoción wagneriana en el Liceo dieron
pie a muchas anécdotas. Cierto día, nada más sonar las primeras notas de La Valkiria,
un espectador exclamó, y no precisamente en voz baja: "Me parece que me
gustará". En otra ocasión, un espectador, en tono más confidencial, confesó:
"Tener que oír todo el Tristán, que no me gusta, para poder llegar a la muerte de
Isolda, que tampoco me gusta".
Se ha hablado mucho sobre lo que cobran los divos de la ópera. Este
año, parece que el Liceo, al igual que otros teatros, ha establecido oficialmente un
límite máximo, en este caso de tres millones de pesetas. No obstante, recordemos que,
aunque hace ya muchos años (1884 y 1887), los tenores Angelo Masini y Julián Gayarre,
dos divos de aquella época, cobraban en el Liceo cinco mil pesetas por función.
Declaraciones de Richard Strauss durante su cuarta visita a Barcelona
en 1925: "En Barcelona siempre me han brindado la mejor de las acogidas. Se me
aplaudió y animó cuando, en 1897, di a conocer en el Líric el Don Juan y Mort i
transfiguració o cuando en el Liceo dirigí Una vida dheroi y Till Eulenspiegel.
También recuerdo el éxito que conseguí cuando dirigí, en 1908, a la Filarmónica de
Berlín. Sé que hace dos años muchos admiradores deseaban saludarme en el puerto a mi
paso en dirección a América, pero una huelga marítima cambió mi rumbo y tuve que dejar
la visita para otra ocasión. La segunda vez que estuve aquí, recuerdo que un domingo fui
a pasear por vuestro barrio gótico, que es sencillamente delicioso. Después fui a comer
al Tibidabo; luego me llevaron a los toros y por la noche asistí a un concierto del
Orfeó Català. Pasé de los toros a la Missa de Papa Marcel".

© Català - Roca |
Acomodadores sorprendidos en plena siesta en
el bestíbulo del teatro, durante una representación, en los años 50
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En sus memorias, el empresario Joan Mestres i Calvet
recuerda los divertidos diálogos entre Wassilier, el maestro de baile ruso y los
bailaores gitanos que Laura de Santelmo había traído para poder dar más autenticidad a
la parte coreográfica del estreno de La vida breve y El amor brujo. Wassilief preguntó a
María Victoria, una de las bailaoras sobre una compañera: "No, eza no viene con
nozotro. No zirve. No é que me guste hablar má de las compañeras, pero eza e una birria
y un adefezio. Ademá, er público mucha noche le jase er chucho y eya como zi ná".
Wassilief no lo entendía bien.
-¿Qué dice que le hace?
-Ezo. Er chucho.
-¿Cómo?
-¡Er chucho!
-Je ne comprends pas.
-Ezo, er chucho
¡guá! ¡guá!
-¡Ah! ¡Oui! ¡Oui!
-No, oui, oui; ¡guá! ¡guá! aclaró la gitana.
Una guapa señora barcelonesa preguntó al gran Feodor Chaliapin en su
camerino:
-Le admiro mucho, es usted un gran cantante; ¿qué genero prefiere
cultivar?
-Yo, señora, -le dijo el divo, mirándola con ternura- el genero
femenino.
En la historia del Liceo siempre ha tenido repercusión el poco éxito
de un divo. Recuerden el caso de Enrico Caruso. Pero una cosa es tener poco éxito y otra
muy distinta que se escape un gallo por accidente, sobre todo si el autor es famoso, como
en el caso de Luciano Pavarotti en La Traviata o Nicolai Gedda en Rigoletto. Incluso a
Montserrat Caballé se le escapó uno en una representación también de La Traviata. Eso
pasa en las mejores familias.
El conocido periodista Vladimir de Semir, hijo de la soprano Maya
Mayska, y que en la actualidad forma parte del equipo del alcalde Clos en el Ayuntamiento
de Barcelona, intervino, cuando era muy jovencito, en las representaciones de la ópera de
Wagner Lohengrin, que protagonizó el gran tenor Sandor Konya, haciendo el papel mudo del
Duque Gottfried.
El tenor norteamericano Nathan Boyd, que interpretaba el papel de
Radamés en Aida, en la temporada 1962-63, creyó que la función del domingo era por la
noche y se fue a comer una suculenta paella a Los Caracoles, pero nada más acabarla le
dijeron que fuese corriendo al teatro porque la función empezaba a las cinco. Así que el
hombre no estaba en condiciones y la función resultó un churro.
Entre los años cuarenta y setenta, Pepe Sotil fue un personaje
entrañable en el Liceo. Era telefonista, conserje, avisador y no sé cuántas cosas más.
Además, entendía de ópera. Lo demuestra el hecho de que, en una ocasión, al entrar en
las oficinas la mezzo Biancamaria Casoni, que en aquellos días interpretaba a la Rosina
de El barber de Sevilla, se le cayó el pañuelo al suelo y Pepe lo recogió con gentileza
y le dijo las mismas palabras que el Conde de Almaviva dice en una situación parecida:
"Se fosse una ricetta".
Una soprano que a finales de los años setenta interpretó en el Liceo
el papel de Antonia en la ópera de Jacques Offenbach Els contes de Hoffman estaba un poco
nerviosa antes de entrar en escena, así que decidió animarse un poco y abrió una
botella de coñac. Pero no supo medir bien la cantidad y al salir al escenario estaba
demasiado animada.
Existe una anécdota cuya autenticidad se ha puesto en duda, pero que
merecería ser cierta y, en cualquier caso, da fe del hecho de que, en algunos momentos,
se tenía que hilar fino en los gastos. Antonio Gades, el gran bailarín y coreógrafo,
estaba preparando uno de sus espectáculos y exigió dieciocho trabajadores de tramoya
para el montaje del espectáculo, pero el señor Masó, director administrativo del
teatro, quien, cuando le convenía, sabía hacerse el sordo, le dijo: "¿Ocho, dice?
¡Imposible! Cuatro".
El último gran sarao en el viejo Liceo lo organizó el director
italiano, ya fallecido, Lamberto Gardelli, de gran prestigio por sus grabaciones
discográficas. Un día que dirigía Il Trovatore, hubo división de opiniones y los que
criticaban su trabajo se manifestaron de una forma un poco ruidosa. El hombre se salió de
sus casillas y empezó a hablar a gritos sobre la mafia italiana y no sé cuántas cosas
más. Incluso interrumpió la representación y dejó el podio del director. Finalmente,
volvió para poder terminar la representación y le pareció que todo lo podía arreglar
con un estentóreo: "¡Viva la Catalogna!"
Retrocedamos un poco para poder acabar este anecdotario con una
historia de amor. En la temporada 1963-64 el beso final del primer acto entre Butterfly y
Pinkerton se alargó tras la bajada del telón y fue un anuncio del matrimonio entre los
artistas que interpretaban a esos personajes: Montserrat Caballé y Bernabé Martí.